miércoles, 7 de noviembre de 2007

Apitulouno

Su porte era baldía, pero firme como roca, tenia una ceñuda mirada que intimidaba y daba risa a la vez, pero sus ojos ya no engañaban a nadie, esa vista cansada era otro punto de vista, los duros años que habían pasado le habían calmado el espíritu, ese indomable espíritu que rompieron en su juventud.
Ser un guerrero era una tarea encomiable, cuanto mas si tu espalda quebrada te martirizaba en la tarea, pero ese no era impedimento para su fuerza de voluntad. Poseía el empeño del toro al empujar de los arados, así que por mucho que su cuerpo se quejara el era un guerrero.
Sentir el cálido aliento de la muerte susurrarte día y noche, entre sudor frío y tensión en los músculos era suficiente para hacerle despertar todos los días y caminar lo mas erguido que su cuerpo le dejaba, muchos trataron de burlarse al cabo de los años, pues no venia de cerca, pero todos acabaron alimentando a los gusanos en fosas sin nombre o cunetas vacías en veredas de caminos, pero nadie dijo que fuera fácil.